viernes, 12 de febrero de 2010

La venganza olvidada

Casi completamente acostado en su silla extensible, el humano contemplaba la tarde mientras el sol se hundía suavemente en las aguas. La bonita ensenada, frente al inmenso océano, era uno de sus lugares predilectos.

Existía un silencio de civilización total. Él mismo lo había definido. Silencio de civilización: todo sonido producido sin la intervención humana. El piar de las aves, los árboles susurrando con el viento, lejanos truenos anunciando una lluvia próxima… Todo aquello le ocasionaba una sensación de bienestar por lo cual había pagado mucho. Llevaba allí más de diez años y aún no se aburría de la enorme soledad que lo rodeaba.

Se dispuso a ver si por fin aparecía el famoso rayo verde que el sol emitía antes de ocultarse.

Pero fue interrumpido.

= Señor, tiene una visita, prepárese.

Maldijo para él, pues estaba totalmente solo y quería seguir de ese modo.

= Les he dicho que nadie me moleste, creo que debo arreglarles el cerebro. ¿Qué ha pasado, Krapter 1?

= No va hacia usted ninguno de nosotros señor, es… un humano.

= ¿Un humano? ¿Un verdadero humano? ¡Eso es imposible!

= Algo totalmente imposible es imposible, señor. Lo imposible no existe, ni por definición. Depende del fenómeno en cuestión…

= ¡Basta! Dime lo que ha sucedido.

= El suceso poco probable, pero real, es este. Alguien, un humano, se ha introducido en nuestro sistema de detección, esquivando, borrando datos y usando en su propio beneficio toda nuestra compleja red de intercepción de intrusos. Y va exactamente hacia donde está usted. No entendemos cómo pudo, de manera tan rápida, localizarlo. No posee armas, lo hemos revisado, pero ha sido catalogado de peligroso por su comportamiento.

Krapter se quedó pensando. Alguien venía a verlo. Eso implicaba varias cosas. Una: de alguna manera aquel individuo había descubierto que estaba vivo luego de toda una década de estar oficialmente muerto. Dos, buscó y encontró su secreto escondrijo. Tres, llegó hasta aquel perdido lugar, cosa, aún teniendo las coordenadas, extremadamente difícil. Cuatro, venció al complejísimo sistema de vigilancia y ahora estaba aquí o iba a estar, dentro de pocos momentos. Todo era totalmente imposible, pero bien decía Krapter 1, nada era imposible, solo poco probable. Una respuesta existía al asunto, solo una. Era un asesino.
Si su razonamiento no tenía fallas, y no parecía tenerlas, debería entonces desaparecer de nuevo, ni sabía dónde pues si lo encontraron aún en este ignoto lugar, no se imaginaba otro nuevo refugio para él.

Aún así, su mente entrenada pero humana, daba cierto espacio a la duda, imaginando algo más agradable, como que de algún modo la compañía de ventas del planeta le estuviera enviando algo específicamente a él. No se ilusionaba pero podía ser, podía ser.

Se pasó lentamente una mano por la barbilla, pensando, mientras miraba el horizonte. Luego tomándose todo el tiempo necesario, sin apuro se levantó. Se hallaba en camiseta y short. Su cuerpo bronceado indicaba unos treinta y cinco años aproximadamente, según los patrones del siglo XXI. Se veía fuerte y un poco más pequeño que el metro ochenta y cinco que tenía en realidad, debido a su complexión delgada.

Tomó sus gafas solares de la silla extensible, se las puso y contempló el cielo. No eran para el sol pues ya no estaba el astro diurno. Dentro de ellas había un pequeño dispositivo, algo anticuado ya, para la detección de objetos lejanos. Lo había usado durante años contemplando el vuelo de las aves. Miró con él a lo lejos, sin distinguir nada en el aire.

De pronto lo vio. El objeto era pequeño pero su tamaño aumentaba rápidamente. Se dirigía hacía allí. ¿A dónde si no, en toda aquella soledad?

Inútil huir. No pensó nunca antes en los famosos planes B para él. Y ahora necesitaba ardientemente uno que no existía. Solo le quedaba enfrentar la situación y salir de ella como pudiera. Tenía a todo el planeta de su parte. Estaba en ventaja. Si algo sucedía, al menos duraría el tiempo necesario como para que su victoria fuera un hecho. Y el tiempo siempre fue su amigo.

= Krapter 1, ¿dices que no puedes derribarlo?

= No señor, conoce de manera anticipada nuestros movimientos. Parece que se ha introducido antes en nuestra red. Para eliminarlo necesitaría eliminar todo lo vivo alrededor de su nave y esto está contraindicado, por la enorme radiación que conllevaría.

Krapter entendió que aquel ser todo lo había pensado cuidadosamente. Los robots no dispararían contra él pues su código de entes biológicos no haría estallar explosivos de alta energía en un planeta como aquel, diseñado específicamente para albergar la vida. Su mayor seguridad estaba en lo escondido que se hallaba, no en la defensa armada. Pero aún contaba con Krapter 31.

= Envía a Krapter 31 y sus pretorianos, Creo que es una emergencia.

= Ok, señor.

En ocho minutos la nave estaba allí. Krapter la contempló sin miedo, pero con cuidado. Nada más que el extraño se acercara, daría la orden mental de eliminarlo. Sus seguros robots de guerra, especialmente diseñados para el exterminio de formas vivientes, aún existían. Eran trescientos guerreros, mortalmente armados con la tecnología de punta más fuerte de la galaxia. Se actualizaban constantemente, día a día con los últimos inventos de destrucción masivas que encontraran en sus inmenso bancos de datos. Detrás de él, ocultos en los matorrales, esperaban la decisión de su líder.

La nave no aterrizó, sino que amarizó. Se mantuvo a unos escasos veinte metros de la orilla. Luego se abrió la escotilla. No era una nave de guerra, cosa que asombró a Krapter. Parecía una de esas en las que se alojaban formas biológicas para el sexo. No había pedido ninguna, pero puede que se equivocara desde el principio y fuera todo aquello un regalo de la compañía que le vendió el planeta. Esperó ansioso a ver que salía, listo para disparar exactamente contra la criatura viviente, no así contra la nave pues posiblemente fuera un cebo, hecho para que tontamente la explotara y lo alcanzara a él en su destrucción.

Para su asombro y alivio momentáneos, salió una mujer. Alta, delgada y con el pelo extremadamente corto. Se le veía solo de perfil. Saltó a un flotamóvil, para acercarse a Krapter.

Este casi le dice que se detenga, bajo supuesta amenaza de disparar. Pero de pronto notó que le faltaba un brazo. Aquello lo asombró. Con semejante nave, semejante viaje de tan lejos para encontrarlo, semejante tecnología y ¿no tenía dinero suficiente para adquirir una prótesis? Su cara denotó asombro. Era raro. ¿Por qué podía ser que no tuviera un brazo?

Krapter siempre tuvo un defecto, pensaba demasiado. Tras un brevísimo instante de duda, lo comprendió todo. Pero fue demasiado tarde. El Tiempo, el habitante más antiguo del Universo, por vez primera le dio la espalda. Y por última. El potente haz de rayos protónicos consumió su cerebro antes de que se percatara totalmente de la trampa. Su tiempo había terminado. Instantáneamente, a la velocidad de la luz y antes de que el cuerpo llegara al suelo, el virus se transmitió a más de quince mil kilómetros de distancia, invadiendo el cuerpo real que descansaba en su cámara principal de sueño. De igual modo, por este nodo central, se esparció a todos los demás Krapter que en todo el planeta disfrutaban de algún placer humano.

Cuando el Krapter de la playa tocó la arena, todos los demás se hallaban en el inexorable camino de la muerte. Y medio segundo más tarde, el temible dictador Krapter, que durante casi cinco enormes siglos reinó en la tercera parte de la Vía Láctea, dejó de existir en todo el Universo. Sus incontables yo desaparecieron. Así mismo, las diferentes copias de su estructura genética e información sobre toda su vida, comenzaron a destruirse. El virus actuaba de manera metódica y altamente eficaz. Construido para eliminar todo vestigio de Krapter, la destrucción real era menos importante que la virtual. El verdadero asesino ahora se deslizaba por toda la red.

Los pretorianos ni se movieron. Necesitaban una orden suya para ejecutar a la mujer frente a ellos y esta nunca llegó. Antes de que entendieran que su amo había recibido daño, el mismo virus les hizo ver que Krapter seguía con vida, justo delante de ellos. Miraban malhumorados a la asesina sin un brazo, pero sus ojos no podían ver a Krapter en el suelo. Para ellos aún estaba de pie, frente a ella.

- Krapter, - pronunció en voz alta el asesino. – Un disgusto volverte a ver. Adiós.

Y se marchó suavemente, como solo una mujer puede hacer.

Mientras se alejaba, su brazo faltante comenzó de nuevo a brotar en el lugar correspondiente. Antes de que el volamóvil la llevara de regreso a la nave, era una mujer entera.

La máquina que había atravesado casi media galaxia para llegar hasta allí, levantó el vuelo tan suavemente como acostumbraba caminar su dueña. Detrás de ella los poquísimos habitantes del planeta siguieron haciendo lo mismo que hacían desde una década atrás. Todos los días el fantasma de Krapter se seguiría levantando y los robots lo saludarían. Todos los días iría a sus lugares de placer, engañando a los sistemas de detección de los robots. Eliminarlos a ellos era mucho más difícil. Estaban conectados a múltiples redes, con diferentes sistemas de seguridad en casi toda la galaxia. Si de algún modo comprendían que su amo estaba muerto podían llamar a otros en cualquier lugar del sistema para eliminar, combatir y luchar contra los asesinos de su amo y señor.

Media hora después, a casi quinientos cuarenta millones de kilómetros de distancia, la mujer asesina, sentada frente a su panel de control, pensaba, adelantándose a los acontecimientos cómo destruir aquella peligrosa red de robots. La misión estaba cumplida, pero quedaban los restos. Fue limpia, perfecta, pero no completa hasta que el fantasma de Krapter, a través de sus robots, no fuera totalmente eliminado. Era demasiado peligroso dejar aquellos súper guerreros activos. Pero sería más adelante. Miró por última vez el cuerpo celeste que dejaba. Era hermoso, muy hermoso, aunque no tenía humanos para admirarlo.

El tiempo cubriría poco a poco los cientos de cadáveres de Krapter esparcidos por los lugares más bellos. Su antiguo amigo, aún después de muerto, aún después de traicionarlo de aquella manera, lo tomaría en su seno, pulverizándolo antes que otros humanos llegaran al lugar para repudiar su cuerpo. El silencio de civilización era completamente total.

Ahora era un planeta fantasma.

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