Sentados frente a una mesa en un café, dos hombres conversaban.
- ¿Has leído la historia? Todo este asunto de Universos múltiples alteró mi grado de realidad. ¿Qué opinas? – Inclinó hacia la mesa su lector digital proyectando frente a su compañero el periódico del día. En primera plana se leía: “Científico loco demuestra con su muerte que los multiuniversos pueden ser posibles”.
La calle cercana estaba casi vacía. Caía la tarde y el sol, aburrido de todo un día de trabajo, desaparecía lentamente por el horizonte. Era un tema que apasionaba a Williams.
- ¿No debe ser multiverso? Universo es solo uno, pero multiverso son varios… aunque también podría ver multiuniversos, como humano es solo uno y multihumanos varios. Hay que mantener la palabra inicial… ¿o no, Pitias? – Dirigió una inquisitiva mirada a su amigo, pero este no le prestó la más mínima atención. Aquel tema no le interesaba. Giró la cabeza mirando el reflejo del sol agonizante en el inmenso cristal del local que los separaba de la calle y dio un escueto comentario:
- Típico mensaje sensacionalista. Nada más. El tipo estaba…
De pronto se escuchó un estrépito y ambos saltaron de sus asientos. Aquel sonido era conocido aunque jamás lo hubiesen escuchado. Era el sonido de la muerte devoradora. Aún era reconocible el mensaje de peligro enviado desde lo más profundo y atrasado de su cerebro, cuando extrañas bestias dominaban el mundo y los pequeños mamíferos que habían sido sus antepasados se escabullían temerosos entre las rocas.
- ¿Qué demonios fue eso?
Willians se dirigió al enorme cristal, mirando hacia afuera. Pitias se volvió a sentar, pero su rostro estaba blanco como el papel. Miró despacio en dirección al dueño del lugar, buscando una explicación que este, con los ojos desorbitados por el miedo, no le pudo ofrecer.
Y entonces, al mismo tiempo que escuchaban unas enormes pisadas, los tres lo vieron. Era imposible, pero allí estaba, caminando por las calles de Oslo, un inmenso tiranosaurio Rex. El horrible rugido que emitía por segunda vez era el causante del terror que sentían en sus cuerpos.
- Es… un dinosaurio. ¡Mierda! ¿Cómo que un dinosaurio? ¿Qué es todo esto?
Pitias tampoco esta vez se levantó de su silla. No podía hacerlo, negados sus músculos a obedecerle. Allí, frente a él, a solo quince metros al otro lado del cristal, un inmenso dinosaurio carnívoro los contemplaba. Pero los seres vivos no desaparecen inútilmente. Un pensamiento brotó de nuevo. No se debía mover.
- No sé qué estoy viendo, pero si es real, que parece serlo, tiene mala vista. No te muevas… no muevas ni un centímetro de tu maldito cuerpo, amigo, pues vendrá hacia acá.
La advertencia estaba de más. Ninguno de los tres se movía. El tiranosaurio veía su imagen ligeramente reflejada en el cristal. Era eso lo que hacía que se detuviera, extrañado, pero su cerebro no podía entender que era él mismo. Ni tan siquiera que podía ser otro dinosaurio, imposibilitado del proceso de abstracción y generalización necesario para comprender que una imagen plana podría representar a un ser tridimensional. Solo su propio movimiento al contemplarse la enorme cabeza que ladeaba a cada instante, hacía que dudara en continuar buscando alimento. Al fin, cambió de idea y continuó su camino.
Los hombres comenzaron a respirar lentamente. Williams, sin despegarse aún del cristal, pulsó su lector digital hacia atrás, dejando que Pitias viera las últimas noticias de Noruega:
- …el gigantesco dinosaurio creado en los laboratorios Lantrex a través de codificación genética, ha escapado provisionalmente. Se encuentra cerca del Jardín Botánico, en Munchmuseet. Esperemos que no cause víctimas. Los científicos dicen que no hay peligro de ser comido por el animal pues como medida de precaución han eliminado sus instintos de caza. Rogamos a los habitantes permanecer en sus casas hasta que la situación se normalice. La policía del…
- Pero, ¿qué se creen? ¿Cómo van a crear un dinosaurio y para colmo, dejar que escape...? ¿A dónde llegaremos como humanidad? ¡Por algo la naturaleza extinguió a estos monstruos!
Williams contemplaba inmutable a su amigo Pitias, el cual, enfurruñado, no dejaba de protestar contra la situación en la que encontraba envuelto.
Alejado, el dueño del local sopesaba la situación. Su respiración era más tranquila. Por fin se recuperó casi del todo y luego del shock inicial, pensó razonablemente en ayudar a sus clientes:
- Creo que lo mejor es quedarnos aquí. Si lo desean puedo servirles algo de comer. Va por la casa…
Dirigió un pequeño control hacia la señal del enorme lector digital que tenía colocado en una esquina del lugar y mirando hacia fuera, preocupado, bajó el volumen. En la pantalla podía verse una bonita muchacha de cabello corto y oscuro que con bella voz explicaba:
- Aquí mismo, frente a nuestro edificio de prensa, el científico Ortmes ha planteado a la prensa que no es del todo seguro que el dinosaurio sea inofensivo. Los genes relacionados con el ataque de los reptiles modernos no tiene que ser los mismos en los antiguos reptiles. Por tanto, la ausencia de estos en Rex no implica en modo alguno que no pueda comerse a alguien, literalmente. Esa es la mala noticia. La buena es que no debe sobrevivir mucho fuera de las instalaciones en las que fue creado pues en este momento cientos de miles, quizás millones de microorganismos, lo están atacando, sin importarles cuan terrorífico pueda ser un dinosaurio. Para ellos es solo un nuevo alimento. Así, el destino de Rex esta echado. Pronto morirá.
- Tengo que verlo de nuevo. Y filmarlo. Vamos… ¿quién me acompaña? – Williams estaba ahora entusiasmado. – Vamos, no atacará. Es un cuento.
Pitias negó con la cabeza. Su rubio cabello ensortijado parecía estirado, muy posiblemente por el miedo.
- Está bien. Iré solo. Me hubiera gustado que me filmaras al lado del dinosaurio. Lo buscaré.
- No tienes que hacerlo. Está ahí nuevamente. Date la vuelta, amigo.- Murmuró apenas Pitias.
Despacio, Williams se volvió y a menos de dos metros se hallaba el gigantesco dinosaurio, echado en la calle. Por alguna extraña causa, había regresado.
La cabeza parecía cansada, respirando pesadamente pero sin lugar a dudas, no deseaba levantarse. La luz del sol había desaparecido y todos pudieron perfectamente ver cómo descansaba un dinosaurio al caer la noche millones de años atrás en el planeta. La visión no duró mucho pues a lo lejos ya se veía la policía, tratando de rodearlo pero sin dispararle.
- Está muriendo. Verlo así, da pena. – dijo Williams.
- Estando entre sus mandíbulas tu último pensamiento sería bastante diferente. Si se va a morir, que se muera. Semejante bestia nada tiene que hacer aquí. – Más práctico, Pitias contaba cada segundo de vida del animal, deseando que acabara de soltar su último suspiro.
Una hora después, en una gigantesca grúa, colocaban el cuerpo sin vida del dinosaurio ante al asombrada mirada de las personas aglomeradas allí.
- Bueno, eso fue todo. Nada de espectaculares edificios destruidos estilo Hollywood y mucha sangre corriendo.
Pero no había sido todo. Era solo el comienzo.
Regresaron al café, meditabundos
Al entrar, el lector digital aún proyectaba las noticias.
- ¡Mira, ahí estamos nosotros, en aquella esquina! ¡Salimos en las noticias, amigos, gracias a este dinosaurio!
La bonita locutora anterior interrogaba ahora directamente al científico Ortmes y este de nuevo acusaba a los laboratorios Lantrex:
- Todo ha sido una jugarreta de la poderosa empresa. Es imposible que el dinosaurio escapara. El asunto ha sido así. Lo soltaron intencionalmente en un lugar de la ciudad con poca gente, sabiendo que moriría pronto sin causar daño. Los virus hicieron el trabajo. Pero la propaganda funcionó. Quieren llevar gente a Europa, donde los reptiles viven a su antojo y nadie desea ir. Esa es la causa. La agencia de Viajes Espaciales necesita de voluntarios, además de los científicos, que ayuden a los científicos allá.
- Así que desean que nosotros, los idiotas, vayamos a la luna de Júpiter… ¡están locos!
Williams lo miró, muy serio:
- No me interesa si es propaganda o no. Iré a Europa
Pitias le devolvió la mirada con el rostro demudado:
- ¿Irás?
- Iré. Vives una sola vez.
Y así fue como Williams, un tipo normal de veintiséis años, se fue a vivir con los dinosaurios… y con otras criaturas aún más extrañas que nunca pensó existirían realmente.
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